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V edición · Madrid · 16 al 21 de octubre 2023

#YoSoyKronen: Los años difíciles

Por Juan Manuel Olcese
Del prólogo Historias del Kronen ed. 25 aniversario
Foto ©Negra Mochera

 

Toda época se convierte en estética retro justo cuando pasan veinticinco años, por eso, últimamente, sentir nostalgia de los noventa se ha convertido en una moda peligrosa. Fue una década muy interesante, hubo una eclosión artística fabulosa a la que todavía hoy en día no se le ha prestado la atención que merece, pero no fueron unos años estupendos ni una «Arcadia feliz»; sin ir más lejos, produjo un incremento notable de la agresividad en todos los ámbitos de la vida. El prefacio con el que comienzan las aventuras de la serie El hombre de los veintiún dedos —escrito a cuatro manos entre el propio José Ángel Mañas y Antonio Domínguez Leiva—  es claramente premonitorio:

Tras los felices ochenta comenzó una década oscura. Los íberos vivieron enfebrecidos el clímax histórico-festivo de la Expo Universal y las Olimpiadas catalanas. Entraban en los noventa cargados de medallas, cocaína, convicciones democráticas y dinamismo empresarial. Por fin podían olvidar sus raíces africanas; por fin eran EUROPEOS.

La resaca fue terrible. Tras el magnífico 92 se sucedieron los escándalos gubernamentales. Los indígenas descubrieron aterrorizados que su país había estado regido desde la sombra por un enigmático Señor X. Que la generación que habría podido sacarles de las sombras del franquismo había hundido el Spanish Dream, esa inexistente Transición, hipotecando definitivamente su futuro (…).

El insigne historiador Juan Pablo Fusi, en una de sus obras de referencia, España: El desafío de la Modernidad, pone de manifiesto que «con las grandes conmemoraciones de 1992, los socialistas alcanzaron su plenitud al frente del gobierno. Y, sin embargo, en apenas tres años el poder socialista se desmoronaría: el PSOE no pudo sobrevivir a los numerosos escándalos de corrupción que estallaron a partir de 1990 (…). La corrupción degradó la esencia misma de la vida política. Pues, en efecto, al amparo de las mayorías absolutas logradas en las elecciones, el poder socialista había derivado hacia una combinación de presidencialismo cesarista, prepotencia política, devaluación del Parlamento y ocupación de las instituciones (Administración del Estado, Poder Judicial, Fiscalía del Estado, televisión, empresas públicas, etc.)».

En 1992 se celebraron en España dos grandes acontecimientos que fueron utilizados por los socialistas como escaparate de la modernización del país: la Exposición Universal que se celebró en Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. El éxito indiscutible de ambas celebraciones no consiguió disimular una evidencia, el hecho de que el Gobierno de Felipe González empezaba a resquebrajarse. Se iniciaba un imparable proceso de decadencia.

Si para buena parte de la opinión pública 1992 fue «el año de España en el mundo»; el año siguiente, si embargo, vino marcado por la crisis que afectaba a Europa desde comienzos de los noventa, pero que apenas era percibida en nuestro país debido al contexto excepcional existente, insistimos: Exposición Universal de Sevilla y Juegos Olímpicos de Barcelona. El esfuerzo financiero del 92 pasó factura, el endeudamiento y las exigencias de la convergencia europea repercutieron gravemente en la economía española. La constatación de la crisis tuvo un efecto doble: el material y el psicológico. Una de las consecuencias más visibles de la crisis económica se concretó en los tres millones de parados, una cifra alarmante.

El plan elaborado por el Gobierno para cumplir los criterios de convergencia establecidos en los acuerdos de Maastricht fracasó. El ciclo económico recesivo hizo caer la tasa de inversión, incrementó el paro y la deuda pública e inevitablemente hizo disminuir la competitividad de la economía española. España seguía manteniendo importantes problemas estructurales. Sus tasas de desempleo figuraban entre las más elevadas de los países industrializados de Europa, el déficit exterior se mantenía elevado como consecuencia de las crecientes importaciones de energía y de productos industriales. Además, persistía un importante retraso tecnológico.

En las elecciones generales de 1993, el PSOE perdió la mayoría absoluta y solo pudo gobernar gracias a la ayuda parlamentaria de CiU, que había obtenido 17 escaños. Felipe González optó por una alianza con la derecha nacionalista catalana, que prestó apoyo parlamentario aunque no formó parte del Gobierno. A partir de entonces, la escasa estabilidad del Ejecutivo fue una constante de la vida política española. Ese mismo año, Francisco Umbral publicó La década roja, donde identificaba la etapa socialista con dinero, sexo, corrupción y desencanto. El libro tuvo, significativamente, enorme éxito.

La legislatura estuvo marcada por un clima de crispación política. La subida del Partido Popular había sido notable y se presentó, a partir de ese momento, como una opción clara de gobierno bajo la dirección de José María Aznar. Por su parte, Izquierda Unida consiguió 18 diputados bajo el liderazgo de Julio Anguita y empezó a poner en marcha una estrategia denominada la «pinza política» en connivencia con los conservadores. Por último, el CDS, partido fundado por Adolfo Suárez, desapareció del Congreso. Este hecho, que pasó desapercibido para los medios de comunicación y la intelectualidad de la época, es a mi modo de ver sumamente significativo y una metáfora de los cambios que se iban a producir. Adolfo Suárez, gran estadista y motor de la transición, representaba la política con mayúsculas. A partir de entonces la vida política española se iba a caracterizar por la creciente exasperación, el enfrentamiento y los golpes bajos.

En 1994, el principal partido de la oposición, el PP, ganó unas elecciones, las europeas; era la primera vez que los socialistas perdían unos comicios nacionales desde 1982. Desde inicios de los noventa se hizo perceptible la creciente pérdida de popularidad del PSOE ante la opinión pública, tanto por los escándalos de todo tipo que se empezaban a conocer como por la lucha interna que se libraba en el partido entre los sectores del aparato, dirigidos por Alfonso Guerra, y los renovadores. La acción de gobierno estaba hipotecada por el conocimiento público de toda una serie de gravísimos escándalos que cuestionaban seriamente la credibilidad de los socialistas. En 1994 se vivieron tiempos convulsos, la crisis económica seguía produciendo parados, se convocó una huelga general y una espiral de corrupción escandalosa llevo a la cárcel a Mariano Rubio —director del Banco de España—, a Manuel de la Concha, a Javier de la Rosa o a Mario Conde, destacadas personalidades de la cultura del «pelotazo», nuestra versión patria del yuppie ochentero o beautiful people. En 1994 Luis Roldán, director de la Guardia Civil, se fugaba y el país entero se cubría de vergüenza.

Estos escándalos ponían al descubierto, entre otros, la financiación irregular del PSOE, el enriquecimiento ilegal de importantes dirigentes socialistas, algunos de los cuales tenían responsabilidades de gobierno —como el ínclito Luis Roldán anteriormente citado—, las escuchas telefónicas a algunas personalidades políticas del país e incluso la «guerra sucia» contra ETA, que se había producido en los primeros tiempos del gobierno socialista con la creación de los GAL o Grupos Antiterroristas de Liberación.

Todos estos temas se dieron a conocer a la vez a través de informaciones en la prensa, sobre todo en El Mundo dirigido hábilmente por Pedro J. Ramírez, un periodista de raza. El propio José Ángel Mañas en La literatura explicada a los asnos ha reflexionado con acierto sobre dicho contexto:

Políticamente, asistimos al fin de los gobiernos socialistas de Felipe González. Desayunábamos casi a diario con un nuevo escándalo —servido por lo general por el diario El Mundo, que entonces tenía un aura de verdad absoluta—, y aquello generó una pérdida de confianza en las instituciones y un enorme desapego de la política.

            El clima político era muy agrio y enconado entre el PSOE y el PP. A la corrupción se sumó el capítulo más siniestro de la lucha antiterrorista: el terrorismo de Estado. Era la tormenta perfecta. Los GAL habían sido grupos de pistoleros relacionados con sectores de la policía que habían perpetrado una treintena de atentados, sobre todo en el sur de Francia, contra presuntos miembros de ETA entre 1983 y 1987, causando 28 víctimas mortales. El escándalo estalló años después con la detención de dos policías españoles implicados en los hechos —José Amedo y Michel Domínguez—, que denunciaron oscuras conexiones entre los GAL y políticos socialistas vascos y del ministerio del Interior.

A partir de julio de 1994, el juez Baltasar Garzón reabrió el caso y fue ordenando la detención y posterior procesamiento de los principales responsables de la lucha contra ETA de los años ochenta: el exgobernador de Vizcaya y de la Seguridad del Estado Julián Sancristóbal, el exlíder del socialismo vizcaíno Ricardo García Damborenea, los comisarios de policía Francisco Álvarez y Miguel Planchuelo, hasta llegar al exdirector de la Seguridad del Estado Rafael Vera y al propio exministro del Interior José Barrionuevo, implicando al mismo tiempo en los hechos a los servicios secretos (CESID) y de la Guardia Civil, y a altos cargos de esta, como el general Rodríguez Galindo, y hasta el propio presidente de Gobierno, Felipe González.

Según una sentencia posterior del Tribunal Supremo (1998), los GAL fueron financiados por la cúpula del ministerio del Interior durante el Gobierno de Felipe González. Los socialistas José Barrionuevo y Rafael Vera fueron condenados por los delitos de secuestro y malversación de fondos y tuvieron que ir a la cárcel. La responsabilidad de Felipe González no pudo ser demostrada, pero una sombra de duda cubrió el caso y un enigmático señor X pasó a habitar el imaginario de la opinión pública española. Pero lo peor estaba aún por llegar.

En 1995 fueron descubiertos en Alicante los cadáveres de dos miembros de ETA (Lasa y Zabala), abrasados con cal viva y desaparecidos diez años antes en el País Vasco tras ser detenidos por la Guardia Civil, lo que hacía sospechar que habían muerto bajo su custodia, posiblemente por torturas.

La corrupción, las revelaciones del caso GAL y los papeles del CESID convulsionaron la política y la misma vida pública. La alarma y estupor generados propiciaron la sustitución del espíritu de consenso que había presidido la transición por un enrarecido clima de tensión y enfrentamiento. Finalmente, la coalición CiU retiró su apoyo parlamentario al PSOE. Este hecho provocó la convocatoria anticipada de elecciones. Después de una campaña electoral realmente crispada, las elecciones celebradas el 3 de marzo de 1996 dieron una ajustada victoria al PP, que obtuvo 156 diputados frente a los 141 alcanzados por el PSOE. José María Aznar fue nombrado presidente del Gobierno, pero como su triunfo electoral quedó muy por debajo de la mayoría absoluta, se vio obligado a pactar con los nacionalistas catalanes, vascos y canarios para poder formar gobierno.

El aliado dominante tenía que ser por aritmética parlamentaria CiU, pero la solución, en teoría, no resultaba fácil. Si bien, a la hora de la verdad, la manifiesta enemistad entre catalanistas y conservadores, y las promesas electorales, no fueron obstáculo para que terminaran pactando. Simplemente, el Gobierno de Aznar tendría que aportar más contrapartidas y prebendas a la Cataluña de un omnímodo Jordi Pujol.

Cinco lustros después, la crisis política de esos años sigue acaparando toda la atención mediática, eclipsando la efervescencia cultural de aquella época. Un período de nuestro pasado más reciente caracterizado por la asistencia masiva a actos culturales y por la existencia de una sociedad democrática, abierta a las influencias exteriores y sumergida en un mundo globalizado. La cultura española generó un marco de libertad creativa y de pensamiento que hizo posible la presencia y el prestigio internacional de autores españoles en diversos campos artísticos, así como de destacados deportistas.

En narrativa, Camilo José Cela continuaba su fecunda obra literaria, recompensada con el premio Nobel de Literatura en 1989. Este autor dominaba la narrativa española junto con Torrente Ballester, Miguel Delibes y Francisco Ayala. Otra generación, la del medio siglo, integrada por Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Marsé, Juan Goytisolo y Francisco Umbral, estaba en su plenitud. Novelistas como Benet, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Muñoz Molina y Almudena Grandes marcaban las pautas de la novela que se consolidó con la transición y la democracia. La buena salud de la poesía se manifestaba en obras como las de José Hierro; en la producción y dirección teatral destacaban autores como Francisco Nieva, con un teatro furioso y de farsa, y Albert Boadella, con un teatro más satírico en clave política.

En pintura despuntaban autores de extraordinaria imaginación, renovadores en contenidos y materiales, tales como Antoni Tàpies, Luis Gordillo, Miquel Barceló, Juan Barjola y Manolo Quejido. En el arte cinematográfico Fernando Trueba ganó el Óscar con Belle Époque. El deporte español cosechaba sonados triunfos internacionales y contábamos con primeras figuras mundiales, en sus respectivas especialidades, tales como Miguel Indurain en ciclismo o Severiano Ballesteros en golf.

Y de repente llegaron ellos, un nuevo grupo de jóvenes narradores españoles que puso patas arriba el establishment literario.

Generación Kronen

Críticos y académicos hablaron de «Escritores novísimos de los años noventa»; «Generación JASP (Joven Aunque Sobradamente Preparado)»; «Generación X»; «Cofradía del cuero»; «Jóvenes caníbales», etc; pero por encima de todos se ha consolidado lo que todos conocemos y el mundo literario bautizó como «Generación Kronen», en referencia a Historias del Kronen de José Ángel Mañas, la obra más emblemática del momento.

Eran escritores jóvenes —Ray Loriga, Lucía Etxebarria, Benjamín Prado, Pedro Maestre, Mañas…—; y a ojos de los por entonces adolescentes nacidos ya en democracia, constituían la generación de nuestros hermanos mayores y la muestra más palpable de que se podía ser rompedor, ganarse la vida con la literatura y, al mismo tiempo, conseguir cierta respetabilidad en el mundillo editorial.

El documental Generación Kronen de Luis Mancha revisita la década de los noventa como años de despiste, de novelas escapistas, desde la perspectiva de los escritores que triunfaron entonces. Su enfoque no es baladí. Todos recordamos con agrado, añoramos, los años de nuestra juventud, cuando nos bebíamos la noche y éramos fuertes y temerarios. Estos autores escribían para un público mayormente joven que había sufrido un corte generacional con sus ancestros y una profunda fractura en los referentes socioculturales. Ajenos a los grandes discursos políticos e ideológicos, más bien atentos a un relato de alcance corto, inmediato, fundamentalmente consumista y práctico.

En 1994 las fábulas como Cadena Perpetua o El Rey León llenaban las salas de cine; Kurt Cobain se volaba la cabeza; el grunge moría y un joven y desconocido escritor, José Ángel Mañas —por entonces contaba con 22 años—, irrumpía con fuerza y se alzaba finalista del premio Nadal con su ópera prima Historias del Kronen. Pronto la obra se convirtió en un éxito de ventas y en un azote contracultural que describía la realidad de una generación de jóvenes nacida en el tardofranquismo. Mañas relataba magistralmente las costumbres de la juventud urbana española. El deambular nocturno por calles de bar en bar no era una simple descripción, se trataba más bien de una reproducción minuciosa de las formas de vida y las jergas. El argot utilizado y el hecho de que Mañas definiera a sus personajes a través del lenguaje, tal y como hacía Benito Pérez Galdós en el siglo xix, le convirtieron en un renovador de la literatura.

Historias del Kronen es mucho más que una novela sobre unos jóvenes drogadictos, perdidos y violentos. Es un emblema generacional y la obra más representativa, y exitosa, del neorrealismo finisecular. Mañas mostraba el vacío existencial de unos personajes que no creían en nada. Nihilismo y hedonismo como señas de identidad. En la década de 1990 empezaron a materializarse los cambios sociales que se habían ido produciendo desde la transición a la democracia. España se identificaba con bares, droga, sexo y discotecas. Y José Ángel Mañas se convertía en su maestro narrador permitiendo que el diálogo, que la palabra cotidiana, lo que pasaba en la calle, donde la gente fuma, bebe y blasfema, entrara en la obra.

Al año siguiente de publicar la novela, vio la luz la película dirigida por Montxo Armendáriz, la cual también gozó de un enorme éxito y fue galardonada con el premio Goya al mejor guion adaptado —coescrito por Armendáriz y José Ángel Mañas—. Por entonces, un humilde servidor estaba terminando sus estudios de Bachillerato en el instituto y recuerdo la conversación con un par de compañeros de clase que fueron a ver el estreno. Una frase me marcó de por vida: «La película es buena, pero el libro es muchísimo mejor».

Ciertamente pienso que es así, y que, 25 años después, el tiempo ha tratado bien a la novela. Historias del Kronen supone un punto de inflexión en la literatura española, gracias a esta obra el neorrealismo ha conseguido reingresar al personaje en la vida social, no en la imaginada. Su autor, José Ángel Mañas, se ha consolidado en el difícil mundo de la narrativa actual. Su obra es muy fecunda y está repleta de ricos y variados matices. Mensaka, su segunda novela, también fue llevada al cine por Salvador García Ruiz y recibió una excelente acogida por parte de los espectadores y de la crítica de cine. La película, hermosa, por momentos poética y a la vez desgarradora, sirvió para dar a conocer una nueva generación de brillantes jóvenes actores: Tristán Ulloa, Gustavo Salmerón, María Esteve, Lola Dueñas, Guillermo Toledo, etc., la mayoría, hoy en día, consagrados.

Otras novelas de la primera etapa de Mañas como Soy un escritor frustrado, Mundo Burbuja o, sobre todo, Ciudad rayada —también reeditada por la editorial Bala Perdida con magistral prólogo de Germán Gullón—, son de candente actualidad y de una gran originalidad. Con el tiempo, Mañas ha dominado otros géneros, como la novela histórica con El secreto del Oráculo, donde narra la huida hacia delante de Alejandro Magno, el gran héroe de la Antigüedad; así como la novela policiaca con títulos como Sonko95, Sospecha y Caso Karen donde conjuga a la perfección la exquisitez literaria con la intriga y un ritmo narrativo trepidante. Su última obra, Todos iremos al paraíso, un thriller psicológico, es quizás el más turbador de todos sus libros y le acerca al humor negro de Irvine Welsh, otro genio del neorrealismo literario.

Pero por encima de todo, José Ángel Mañas siempre será recordado por Historias del Kronen. «Me jode ir al Kronen los sábados por la tarde porque está siempre hasta el culo de gente (…)». Así empieza esta crónica veraniega de un grupo de jóvenes madrileños que intentan eliminar de su vida los sentimientos y los escrúpulos. Un vertiginoso descenso a los infiernos. Narrada con una extraordinaria coherencia, en primera persona, hasta su impactante e inesperada culminación.

Pasen y lean, una obra maestra les espera.

 

     Juan Manuel Olcese
Prólogo Historias del Kronen ed. 25 aniversario

 

 

 

 

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