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La década desconocida

Por José Ángel Mañas
Autor de Historias del Kronen y Prescriptor de Semana Kronen®

 

Desde que se estrenó el documental Generación Kronen, tengo la sensación de que hay un interés creciente por los años noventa y de que muchos no tienen una idea clara de lo que fue aquella década. Cuando me preguntan, mi respuesta suele ser que los noventa fueron el reverso de los ochenta y el último coletazo creativo y agónico que dio el siglo.

Los noventa fueron los gritos desgarrados de Kurt Cobain y la voz intensa de Eddy Vedder. Los noventa fueron la furia guitarrera de Jane’s Addiction, el sofisticado ruido de Sonic Youth, la independencia feroz de Fugazi, la oscuridad apocalíptica de Tricky, los gemidos de Beth Gibon, Achtung Baby y toda la resaca del sonido Manchester. Los noventa fueron la violencia de Tarantino, la histeria de Danny Boyle y la ternura de Hal Hartley. Los noventas fueron las canciones de Los Planetas, la irrupción del tecno, las sesiones del Y’asta y del Áttica, las noches con agua y pastillas, los escándalos de Felipe González, las películas de Álex de la Iglesia y de Daniel Carparsoro y los poemas de Roger Wolfe. Los noventa fueron la estética grunge, la sala Maravillas, el Festival de Benicassim y el Siglo XXI deliciosamente anacrónico, todavía muy roquero, de Radio Tres. Los noventa fueron una época dorada para los fanzines y un pequeño templo de la palabra independencia con sordina, sin grandes gestos teatreros ni aspectos estrafalarios. Autenticidad tranquila versus teatralidad ochentera.

Que hubo un momento de intensidad creativa, de ebullición artística, para mí resulta incuestionable. Que no se ha sabido entender y que no se ha sabido etiquetar o vender, también. Siempre digo que fue un momento en el que salían grupos indies hasta debajo de las piedras –Los Planetas, El Inquilino Comunista, Australian Blonde, El Niño Gusano-, que publicaban sus discos en Subterfuge o Elefant. Era también el momento en el que publicaban sus operas primas muchos directores españoles y en el que la sempiterna crisis del cine patrio parecía algo definitivamente del pasado. Y es que de verdad íbamos a ver esas películas, que además resultaban a cual más sorprendente y diferentes entre sí: ¿qué tienen en común los largometrajes de Amenábar, Julio Medem, Iciar Bollaín o Coixet?

Muchos la vivimos como una nueva movida, con la diferencia, quizá, con respecto a los ochenta, de que si la noche ochentera era un rollito de artista treintañero y cool, en un circuito muy localizado en cuatro o cinco bares capitalinos como el Rock Ola, el Penta o el Sol; los noventa en cambio fueron el momento de la masificación de la noche y de las macrodiscotecas periféricas. A las cuatro o cinco calles del malasañeo clásico les sucedió el descubrimiento de la Emetreinta y el extrarradio poligonero. Fue un momento en el cual la gente que salía era cada vez más joven y la música y las drogas cada vez más agresivas. “Be aggressive”, cantaba el cantante de Faith No More. Fue un momento decadente, oscuro, con una sensibilidad muy fin de siècle, ácrata y autodestructiva.

Mucha gente me pregunta si existió el bar Kronen, y la respuesta es que sí. Estaba esquina Francisco de Silvela con General Oráa, allí donde hoy está el restaurante Sushi Olé, al que he tenido el gusto de acercarme últimamente (hacía un siglo que no pasaba). Su actual propietario es un empresario dinámico que conoce la pequeña historia de su local, y a quien ha sorprendido saber que existe una ruta Kronen, en la que se visita y se explica un cierto Madrid noventero que viene a complementar la geografía emocional y sentimental de la ciudad.

Como dice Juan Carlos, de Carpetania: “Teníamos la ruta de Sabina, muy vinculada al Madrid de la Transición, y me apetecía explorar la terra incógnita de los noventa”. Terra incógnita. Los noventa han sufrido de la misma tensión interna que animaba al grunge. Se buscó un imposible: querer triunfar y querer pasar desapercibidos. Era muy difícil hacer ambas cosas a la vez y, en plena indecisión, el espíritu noventero, como ha escrito Luis Mancha, acabó en el sumidero de la historia.

 

Foto ©Mart Production

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