Saltear al contenido principal
V edición · Madrid · 16 al 21 de octubre 2023

Breve semblanza de David Bowie, el rey camaleón

So I changed myself to face me
But I never caught a glimpse
Of how the others must see the faker
I’m much too fast to take the test
Changes (del disco «Hunky Dory»)

 

Todo empieza a finales de los sesenta. David es un aspirante a estrella de rock con cero éxito. Su aspecto no puede ser más mod: pelo casco, gafas redondas de cristales ahumados. Hoy parecería la reencarnación de Liam Gallagher. Acaba de grabar Space Oddity y aún no sabe que será su primer gran hit.

Space Oddity · 1969 Parlophone Records Ltd.

Tampoco imagina que en breve Armstrong pisará la luna y que la banda sonora de la retransmisión de la BBC será su fascinante tema sobre el yonkarra Major Tom perdido en el espacio. Lo único que sabe es que acaba de tocar en un pub de mala muerte, y que ha habido… ¡seis personas!

Deprimido, el bueno de David se ha puesto de anfetaminas hasta arriba y no consigue dormir. Normal.

De pronto, en la televisión, aparece en el Top of the Pops una banda emergente. Son los Pink Floyd, y su vocalista, un jovencísimo Syd Barret, bien parecido, maquillado, canta sobre un menda que se dedica a robar bragas en las lavanderías.

Aquel cantante de aspecto andrógino pronto será carne de siquiátrico. Pero para David es una revelación. Lo flipa. «Así quiero ser yo», exclama. Dicho y hecho. Con la ayuda del maquillaje de su madre, descubre el glam.

Y de repente, todo cambia.

Arrancan los setenta, su década prodigiosa. David ha encontrado la ola que le corresponde. Durante esos años grabará tantos elepés como durante el resto de su carrera.

En portada de su siguiente disco, The man who sold the world (esa enigmática canción versionada unplugged por Nirvana, sí) aparecerá vestido de mujer, tumbado indolentemente en el sofá. La imagen da la vuelta al país. Su nombre empieza a sonar.

El reconocimiento lo anima a hacer las Américas y la gira es un éxito estratosférico, fáustico. No había habido, desde Oscar Wilde, una estrella británica que impresione tanto en los Estados Unidos. Y lo han intentado unos cuantos. Los yanquis adoran, literalmente, su look andrógino –da entrevistas vestido de mujer- y su actitud provocadora. La revista Rolling Stone lo describe como «una desconcertante reminiscencia de Lauren Bacall».

La bisexualidad se convierte en su bandera, y Bowie se deja fotografiar besando en la boca a Lou Reed (Transformer está a la vuelta de la esquina). Cuenta la leyenda que su mujer de entonces, Angie, los cazó desnudos en la cama.

Pero aquello no le basta al bueno de David.

La vida no es arte, y es el arte lo que le importa: «Fuera del escenario soy un robot. En escena, me emociono». Le hace falta un personaje para volcar sus emociones, y ese será el guitarrista extraterrestre bisexual Ziggy Stardust, una mezcla lisérgica de Hendrix, Iggy Pop, y la ciencia ficción apocalíptica, que protagonizará el álbum más importante de su carrera.

La imagen ambigua y kitsch con camisas sicodélicas, pelo rojo óxido con un brillo metalizado, maquillaje de mimo marciano, marcará el imaginario colectivo. Sin él no existirían ni el peinado de Johnny Rotten, ni la teatralidad de Marylin Manson, ni el glamur de Suede y Placebo, ni posiblemente las extravagancias de Lady Gagá. Casi nada.

Durante el resto de la década, Ziggy deja lugar al esquizofrénico Aladdin Sane, y Aladdin al Duque Blanco de su época berlinesa, “un tipo fascista y ario”, según su creador, que resucita la estética en blanco y negro del universo cabaretero de Weimar. Las transformaciones continúan con cada nuevo disco.

–La única música que me ha gustado ha sido la de la vanguardia. Así ha sido desde niño. Nunca tuve interés por el mainstream –afirma en sus entrevistas.

A partir de entonces no hubo estilo que este polifacético multiinstrumentista, un superdotado para la música, no probase, ni imagen que no utilizase: por eso resulta imposible reducirlo a un único cliché. Un Gauthier o un Steve Jobs trabajaron toda la vida para crearse una imagen pública reconocible –el hombre de negro minimalista, el modisto de rayas marineras–; en cambio Bowie hizo todo por impedirlo y por seguir siendo un gran desconocido.

Bowie nos dejó en 2016 y todavía hoy, a los pocos años de su muerte, sigue pareciéndome un artista indescifrable, un jeroglífico, una fórmula llena de incógnitas, un individuo esquivo y polimorfo que continúa desafiando la clasificación. Pura agua, que diría Bruce Lee.

O pura dinamita.

Un ser perfectamente posmoderno al que hasta se le dedicó, todavía en vida, una exposición en el Victoria & Albert.

Si hubiera que ponerle banda sonora a este artículo, yo optaría por Changes, posiblemente su tema más intimista, el más profundo y auténtico –si es que semejante adjetivo puede aplicársele al rey del glam.

Descansa tranquilo, amigo. Desde la Semana Kronen aún te seguimos recordando.

 

 

José Ángel Mañas
Autor de Historias del Kronen y Prescriptor de Semana Kronen®

Volver arriba
Buscar